viernes, 18 de agosto de 2017

Eliseo Monteros

 Nació en la ciudad de Córdoba en 1977. Estudió bibliotecología en la Universidad Nacional de Córdoba y se ha desempeñado en distintas bibliotecas de su ciudad natal. Desde hace varios años se dedica también a escribir. Entre sus obras figuran un Diccionario biográfico de bibliotecarios y bibliotecólogos (2008), los volúmenes de cuentos Antes de volver a empezar (2005) y La última aventura (2014), la novela corta Viaje de vacaciones (2015) y el libro de ensayos Un lector agradecido (2017).
Obtuvo la 5ª. Mención en Narrativa en Certamen Nacional «Arco Iris de Palabras» por el cuento «El hombre que pensaba demasiado» (2002); 3º. Premio (compartido) en la categoría adultos del III Concurso de Microrrelatos «Universos Mínimos», por el microrrelato «La desaparición» (2016). 


                                                                                         Mail: eliseo-monteros@hotmail.com
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Del libro La última aventura

Cuentos. Córdoba: Ediciones del Boulevard, 2014.

Mensajes

Su tía Karina de Santa Fe le envió la fotografía por correo electrónico. De la imagen original, que sin duda mostraba a un grupo de compañeros de trabajo, habían seleccionado la parte en la que aparecía Silvina. Se veía ahí a una mujer de unos veintiocho años, delgada, de cabello y ojos castaños. Una mirada dulce y una sonrisa sincera completaban el cuadro; su mano izquierda estaba apoyada sobre el brazo de una compañera y un chal de tonos suaves cubría su cuello.
Por muy poco apropiado que le pareciera conocer a alguien de esa forma, a Gastón le agradó, en términos generales, lo que vio. Y aunque era un tanto extraño escribirle a una persona de la que sólo conocía una foto y algunas referencias, se dijo que ya estaba metido en el asunto y que, si no lo hacía, siempre tendría la duda sobre qué hubiera pasado de haberle escrito. Cinco días después, cuando terminó de decidirse, le contó que era profesor de literatura y que además escribía, agregando que últimamente tenía algo descuidada esta actividad —que era una forma elegante de decir que se encontraba bloqueado—. Le habló además sobre su segundo libro, publicado algunos meses atrás, y le dijo que esperaba conocer también algo sobre ella.
Ella respondió también cinco días después, cuando él empezaba a creer que no respondería. En un tono muy amable le explicaba que no había podido escribirle antes por falta de tiempo; trabajaba como psicopedagoga y ese año había empezado además la carrera de psicología. Lo felicitaba por el libro y le contaba —lo cual le pareció a él una inesperada muestra de confianza— que había estado pasando por algunos momentos difíciles, pero que era «cuestión de seguir adelante».
Este comienzo, que podía ser considerado como auspicioso, despertó en Gastón cierto entusiasmo, aunque le resultó menos evidente lo que debía escribir en un segundo mensaje. En éste le dijo que él tampoco había estado pasando precisamente por una gran etapa y, ya que ella había sido franca con él, trató de darle aliento. Le envió también algunas fotos.

Por alguna razón, después de aquel primer contacto transcurrió algo más de una semana sin que se comunicaran y Gastón se concentró en sus actividades cotidianas. Se encontraba trabajando en un relato cuando se enteró por su tía de que Silvina se había mostrado extrañada de que no hubiera vuelto a escribirle: «¡No me escribió más!», había dicho en tono de reproche. Comenzó así una nueva etapa de comunicación a través del e-mail. Él se esforzaba en mostrarse tan interesante como se lo permitía su vida un tanto monótona, pero las respuestas llegaban días después o no llegaban.
En ese momento apareció —reapareció— Ingrid, una joven que había conocido tiempo atrás y con la que había tenido encuentros y desencuentros. Ingrid le había atraído en aquella época por su gracia y simpatía, aunque siempre se había alejado de ella por razones misteriosas o injustas. Eso fue también lo que sucedió ahora, porque, cuando estaba considerando otra vez un acercamiento a Ingrid, recibió un nuevo mensaje de Silvina. Le decía en él que había leído su libro y que le había parecido muy bueno.
En otro mail le decía Silvina que, para las vacaciones de julio, tal vez viajaría con una amiga a otra provincia, y que si esa provincia era Córdoba podían verse. Pero poco después explicó que se hallaba enferma, tenía una especie de gripe de la que no podía curarse, y así fue como empezó a dudar de viajar. Cuando llegaron las vacaciones y Gastón comprobó que Silvina no se decidía, pensó que podía ser él quien viajara a Santa Fe. Aunque al comunicárselo no notó demasiado entusiasmo, de todos modos resolvió hacerlo, creyendo que debía agotar todas las posibilidades.
El final del viaje fue un tanto accidentado: a las siete de la mañana se pinchó un neumático del ómnibus en el que viajaba y tuvo que esperar casi dos horas hasta que llegó el vehículo de reemplazo. Esa misma mañana, ya en casa de su tía, llamó por teléfono a Silvina y escuchó por primera vez su voz, que le resultó muy distinta de la que había imaginado, menos dulce y como si fuera de una persona de más edad. Por lo demás, la conversación fue agradable y, a pesar de que Silvina manifestó que seguía enferma, quedaron en que ella iría al día siguiente a la casa de su tía. «¡Sos famoso!», le dijo ella en cierto momento, porque había buscado su nombre en Internet y había visto algunas páginas que hablaban de los libros que había publicado. Aunque el calificativo le pareció exagerado, él no creyó oportuno refutar esa especie de halago.
Al día siguiente Silvina terminó llegando hacia la hora del almuerzo. La conversación giró en torno al trabajo en común de Silvina y Karina —eran compañeras— y, cuando terminaron de almorzar, Gastón y Silvina continuaron charlando algunos minutos, hasta que decidieron salir a caminar. Como ninguno de los dos conocía la zona, fueron casi en línea recta hasta una especie de centro comercial y entraron a un café. Allí continuaron hablando, especialmente sobre algunas cosas que ella ya le 1había mencionado antes: la repentina muerte de su madre, pocos años atrás; el alejamiento de una querida amiga, de la que nunca había vuelto a saber; el fracaso en su último noviazgo, que había terminado porque su novio se había enamorado de otra mujer.
Gastón intentó darle palabras de aliento, pero tuvo la sensación de que sus palabras sonaban huecas, como si ella las escuchara sin que llegaran a su corazón o como si él mismo no sintiera lo que estaba diciendo. Hablaban de estas cosas cuando ella dijo que se sentía incómoda porque los empleados no dejaban de observarlos. A esto contribuía probablemente el hecho de que eran casi los únicos en el café, aunque Gastón, absorto en la conversación, ni siquiera lo había notado.
«¿Vamos?», dijo ella de repente.
Serían algo más de las cinco de la tarde de ese límpido día de julio cuando llegaron a la parada del ómnibus que debía llevarla a su casa. Éste llegó a los pocos minutos y se despidieron cordialmente, prometiendo continuar comunicándose. Por la noche, sin embargo, cuando Gastón repasaba los momentos que había vivido con Silvina en ese día, no podía evitar sentir una persistente intranquilidad, que parecía provenir de la sensación de que ella le había agradado y de la inseguridad acerca de cuán interesada estaría ella en él.

Después de su regreso a Córdoba continuaron comunicándose, generalmente por teléfono, pero muchas veces no la encontraba. A veces lo atendía su padre, que no parecía estar ni a favor ni en contra de la relación, y otras su hermano, que se mostraba directamente hostil. Aún así, cuando la encontraba parecía que las cosas iban bien, porque Silvina siempre se mostraba amable.
Cierto día él volvió a sugerirle que podían verse, en este caso durante un fin de semana largo en el que podía viajar a Santa Fe. Al notar las vacilaciones de ella, Gastón mismo expresó sus dudas por una relación de ese tipo, a la distancia. Ella se quedó callada y de inmediato él se dio cuenta de que había cometido un error; luego quiso atenuar la fuerza de su última frase pero ya no fue posible.
A partir de ese día Silvina se mostró más distante y Gastón se dijo que lo más conveniente era hablar claramente con ella. En la primera ocasión que tuvo, le expresó lo que sentía sobre la relación y la sensación que tenía de que a ella no le interesaba demasiado. Ella respondió que lo que le había sucedido antes era todavía muy reciente, que no estaba preparada. Él le preguntó entonces si pensaba que era cuestión de tiempo, pero ella no quiso asegurarle nada. Pareció claro que Silvina no quería estar de novia, pero después, por algo que insinuó, fue casi evidente que había iniciado una relación con otro. También fue evidente que, aunque él insistiera, ella no cambiaría de opinión.

Con el transcurso de los días llegaron las inevitables reflexiones, los razonamientos, las justificaciones; también, las cuestiones que no tenían explicación. De todo ese cúmulo de meditaciones, lo único que Gastón vio con claridad fue que no debía volver a buscarla más.
Tal vez cambiando de opinión, ella le escribió en otras dos ocasiones: cierta vez para advertirle sobre un mensaje de e-mail que se había enviado en forma automática desde su cuenta y que temía que incluyera un virus y, más adelante, para saludarlo para Navidad. Él respondió en ambos casos, amablemente pero sin entusiasmo.
Cada tanto recibía alguna noticia de Silvina de parte de su tía, pero después las noticias empezaron a hacerse menos frecuentes. Poco a poco fue sumergiéndose en sus actividades, en sus responsabilidades, hasta que ella no fue más que el recuerdo de un intento más, de una mera tentativa.


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Del libro Un lector agradecido

Ensayos. Córdoba: Tinta Libre, 2017.

Dos pequeños enigmas

─¡Qué gran libro podría hacerse, señor Ciro, con lo que se sabe!
─Otro mucho mayor todavía se haría con lo que no se sabe ─respondió Ciro Smith.
Jules Verne, La isla misteriosa (1874-75)

Si tuviéramos que hacer una clasificación de los enigmas o misterios culturales —por llamarlos de alguna forma—, podríamos dividirlos en grandes y pequeños. En la categoría de grandes enigmas podría colocarse, por ejemplo, el origen de los gitanos o el modo en que se construyeron las pirámides de Egipto. Hasta donde sé, sobre estos temas existen distintas especulaciones, pero ninguna certeza.[1] Son misterios tan populares que, por eso mismo, han perdido tal vez cierto interés.
Por otra parte, existe cierto tipo de enigmas que surgen principalmente de la lectura, y con respecto a los cuales bastaría quizá una investigación más o menos minuciosa para que desaparecieran. Sin embargo, por no ser algo que necesitamos resolver de forma acuciante, o por simple pereza, muchas veces se mantienen en nuestra mente en forma de misterios. Recuerdo en este momento dos de esos misterios menores.
El primero de ellos surgió hace ya muchos años. Leía un libro de ensayos de Robert L. Stevenson y, en uno de estos, el autor daba un ejemplo para esclarecer una idea. Decía Stevenson que se le había preguntado a George Meredith, en su lecho de muerte, a quién representaba el protagonista de El egoísta; y que Meredith había respondido: «El egoísta somos todos». Algo me pareció extraño en esa historia, pero no en la historia en sí, sino porque tuve la sospecha de un dato anacrónico.
Busqué la fecha de muerte de Meredith y descubrí, en efecto, que había muerto en 1909, es decir, quince años después que Stevenson. Entonces, ¿cómo podía hablar Stevenson de la muerte de Meredith, si su propia muerte había sido anterior? ¿Es que la expresión «lecho de muerte» tenía otra acepción, distinta a la que se refiere al momento en que fallece una persona? ¿Pensaba Stevenson, al momento de escribir el ensayo, que su colega había muerto ya?
El segundo enigma se relaciona con dos pinturas de Leonardo da Vinci. La dama del armiño (1485-90) es un retrato de la joven Cecilia Gallerani, amante de Ludovico Sforza. Desde un punto de vista compositivo, en este cuadro se observa una rotación de los volúmenes que establece una estructura helicoidal. Este recurso está dado por la oposición entre el tronco y el giro de la cabeza, lo que da al retrato una sensación de movimiento que, a su vez, parece reforzado por la mirada de la joven hacia un punto lejano.
La Belle Ferronière (1490-95), por su parte, fue el nombre que se le dio a otra pintura de Leonardo, si bien algunos críticos niegan al pintor la paternidad de esta obra. Al parecer, el título de la pintura es incorrecto, ya que la mujer retratada sería en realidad Lucrezia Crivelli, amante asimismo de Ludovico Sforza. También en este retrato se observa un efecto rotatorio —aunque menos pronunciado que en La dama del armiño—, determinado por un suave giro de cabeza y una sugestiva mirada que evita la del espectador.
Hasta aquí no parece haber ninguna cuestión enigmática, más allá del nombre erróneo de la segunda pintura. El enigma aparece, sin embargo, cuando volvemos a observar el retrato titulado La dama del armiño. Si nos fijamos con detenimiento en el ángulo superior izquierdo, notaremos una inscripción un poco borrosa en la que puede leerse: "LA BELE FERONIERE. LEONARD DAWINCI"; es decir, el título que se da comúnmente al otro cuadro. La grafía es algo distinta a la de los nombres con los que hoy se conoce tanto a la pintura La Belle Ferronière como al artista, y es posible que la inscripción haya sido agregada por otra persona, pero eso no explica por qué lleva el nombre que en teoría le corresponde a la otra pintura.
Y así termino la exposición de estas cuestiones. Nunca me tomé el trabajo de intentar resolverlas, pero por el mismo hecho de ser misterios susceptibles de resolución, continúan produciéndome cierta curiosidad. Mientras tanto, mantienen su propio encanto en forma de pequeños enigmas.

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[1] Posteriormente a la redacción de este ensayo, descubrí en la web varios artículos en los que se asegura que el misterio de la construcción de las pirámides ha sido esclarecido. Según científicos de la Universidad de Ámsterdam, para transportar los bloques se utilizaba una losa a la que se ataba una cuerda, arrastrándola por zonas en las que se había humedecido la arena para permitir un mejor deslizamiento. De todos modos, el ejemplo sirve para ilustrar el texto.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Fernando Zabala

Nació en la ciudad de Río Tercero, provincia de Córdoba. Es docente y dramaturgo. Curso la licenciatura en Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba y es egresado como actor de la escuela de Teatro de Manuel González Gil.
Tiene más de diez obras teatrales de su repertorio estrenadas en Argentina y el exterior.
Es fundador del grupo de teatro independiente Teatro Teatro de la ciudad de Córdoba.
Edito tres libros con Editorial Dunken que fueron presentados en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires: Teatro Escogido, Teatro Escogido II, Teatro Escogido III.
Entre las obras más destacadas en festivales y menciones especiales se encuentran: Como un aire de ilusión, Vocacional Sampacho, Hay que dejarlo jugar, Se despide el campeón y Silogringo.

Mail: fer_z300@outlook.com.ar
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SUBMARINO

Obra premiada en el IV Encuentro de Teatro y Humor Breve del Teatro Fray Mocho, Buenos Aires, 2009.

Obra de Teatro de Una sola Escena y un Acto único.

Personajes:
CAPITAN
LOBIS EL MARINERO
JUSTINIANO EL PESCADOR

(Interior de un mini submarino con tres ventanas redondeadas por donde se ven peces y algas flotando, también una mesita con un fax, un escritorio y un sillón, un cuadro de Marylin Monrroe con un traje de baño y los colores estridentes de la bandera Norteamericana) 

JUSTINIANO EL PESCADOR: (Bajando la escalera muy agitado) ¡Pronto señor, pronto! observe por la ventana. 
(Los tres vuelven cada uno a una ventana a observar por el vidrio) 
LOBIS EL MARINERO: Están arrojando un cadáver al río señor. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Deberíamos avisar a Prefectura. 
CAPITAN: Nadie dará aviso a ninguna entidad desconocida a esta flota, nosotros tenemos una misión mucho más trascendental que buscar míseros cadáveres en los ríos. 
LOBIS EL MARINERO: Pero señor… se puede tratar de criminales. 
CAPITAN: (Interrumpiéndolo) Nosotros no buscamos criminales, nosotros tenemos un objetivo mucho mayor que ese. 
(Los tres dejan de observar por la ventana) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Pero señor… por lo menos deberíamos alertar a la guardia costera… digo. 
CAPITAN: (Furioso) ¿No se da cuenta que nos pueden delatar? Estamos en una operación de extremo cuidado ¿y usted solo se ocupa de traernos más problemas? vaya y siga haciendo su gran pesca, pescador. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR se retira con su cañita de pescar) 
CAPITAN: El gobierno Argentino está preocupado, me lo manifestó el canciller. 
LOBIS EL MARINERO: Entiendo señor. 
CAPITAN: Le digo más… ese cuerpo debe ser un muñeco que han arrojado algunos grupos infiltrados para despistarnos, para perdernos… deberíamos seguir ese barco. 
LOBIS EL MARINERO: Pero señor, es un barco de carga, debe llevar madera muy seguramente. 
CAPITAN: Con más razón, a lo mejor han secuestrado ese barco y lo que han hecho es arrojar al capitán al agua, debemos seguirlo, rápido encienda los motores. 
LOBIS EL MARINERO: Si señor. 
(LOBIS EL MARINERO tiene un control remoto con dos palancas y una antena larga, enciende los motores y se siente un ruido como de un lavarropas) 
CAPITAN: Muy bien… me basto leer a Julio Verne para darme cuenta que tendría una odisea mayor a la suya. Dígame Lobis si usted no se siente maravillado e inspirado con aquel viaje submarino. 
LOBIS EL MARINERO: Si señor… disculpe que lo interrumpa, pero… ¿porque que el gobierno se pone en alerta ante una flota Norteamericana que hace meses que se encuentran en el río? 
CAPITAN: Porque el gobierno peca de ingenuo, Lobis… ahora resulta que las organizaciones más pobres tratan de distraer a la sociedad para conspirar a favor de los Americanos, hasta con ese dilema tiene que convivir el estado Argentino ¿se da cuenta Lobis? 
LOBIS EL MARINERO: ¿Y si no encontramos nada? 
CAPITAN: Mire Lobis, las aguas del Paraná están en la mira de los Estados Unidos, si nosotros descuidamos estos dones de nuestra tierra, no podremos llamarnos patriotas ni aquí, ni en la China ni en ningún lado. 
LOBIS EL MARINERO: Pero señor, ellos también nos pueden acusar de invasores… y si no mire como la hormiga Argentina abunda por el mundo, ya lo dijo la Universidad de Girona en España, dicen que se trata de una hormiga criolla, que genera problemas en cultivos, producción de frutos y hasta en los riegos de los campos frijoleros. Los norteamericanos pueden estar queriéndose tomar revancha por las hormigas argentinas, señor. 
CAPITAN: Puede ser… pero son hormigas, y las hormigas… simplemente son hormigas, Lobis. 
(Baja rápidamente agitado y gritando JUSTINIANO EL PESCADOR) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: ¡Pronto! ¡pronto! invasión de mejillones, miren que grande que es este ejemplar… es un cornudo… (Muestra un mejillón gigantesco)  
CAPITAN: Más cornudo será usted… 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Por el mejillón lo decía… señor… 
CAPITAN: Ah… (Observando el molusco) si, cierto…  es un molusco enorme, de gigantes proporciones, deprisa Lobis tráigame el visor. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR apoya el mejillón sobre el escritorio, EL CAPITAN lo observa con un pequeño catalejo) 
CAPITAN: Tengo la sensación de que puede llevar una cámara adentro y nos puede estar espiando, rápido cubran su rostro, arrójelo al río Justiniano, deprisa que no se den cuenta que estamos aquí, y hágame un favor, deje de recoger porquerías del rio. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: (Se tapa el rostro)  Si señor. 
CAPITAN: Tápele los ojos para que no lo vea. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor.  
(JUSTINIANO EL PESCADOR, tapa el mejillón, luego el rostro con la otra mano, no se decide, hasta que finalmente se lleva contra el pecho el molusco gigante, subiendo rápidamente por las escaleras) 
CAPITAN: En el mundo cada vez hay más especies invasoras. Seguramente este fenómeno está relacionado con la globalización. Estos animales se pegan en la proa de los barcos, pero estoy seguro que esta especie no era Argentina, o al menos parecía bastante desarrollada, a lo mejor sea un mejillón inteligente. Fíjese Lobis, que estos americanos ponen atención en lo más subjetivo para tratar de pasar desapercibidos ¿se dio cuenta? 
LOBIS EL MARINERO: (Va hacia el fax y saca un papel) Señor la asamblea de Gualeguaychu analiza acciones contra la IV Flota, dice este mensaje. 
CAPITAN: Léamelo por favor. 
LOBIS EL MARINERO: Harán una marcha en contra de la IV Flota, dicen que ofrecen un partido de fútbol entre los comerciantes orilleros y la IV Flota de ex pescadores del Paraná, aunque confirman que hicieron trampa y por ello se manifestaran pacíficamente por las calles del pueblo. 
CAPITAN: Está bien Lobis, déjelo nomás, le agradezco. 
LOBIS EL MARINERO: De nada señor. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja rápidamente las escaleras agitado y gritando) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: ¡Señor! ¡señor! acabo de ver otro submarino igualito a este,  pero de color marrón… 
CAPITAN: ¿Y dónde está? 
JUSTINIANO EL PESCADOR: En la superficie… 
CAPITAN: ¡Rápido, traiga el telescopio Lobis! sabía que se iban a camuflar con el color del agua. 
(LOBIS EL MARINERO baja un telescopio del techo y se lo entrega al CAPITAN) 
CAPITAN: Pueden ser ellos, ahí los veo… no llevan la bandera, eso es extraño, vamos ajustar más el lente… puede ser eso que no me permite ver bien… ahí lo veo mejor, aja. 
JUSTINIANO Y LOBIS: ¿Qué? 
CAPITAN: No puede ser. 
JUSTINIANO Y LOBIS: ¿Qué? 
CAPITAN: (Decepcionado se sienta en su escritorio)  Suba el telescopio nomas. 
LOBIS EL MARINERO: ¿Qué vio señor? 
CAPITAN: Lo que vio usted no era un submarino Lobis… 
LOBIS EL MARINERO: ¿Y que era? 
CAPITAN: Un sorete así de grande. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: (Sorprendido) ¿De en serio? ese es el efecto de la distancia, una complejidad de la perspectiva y de los puntos de fuga señor, puedo asegurar que desde el objetivo se dibujaba perfectamente un submarino. 
CAPITAN: Suba a cubierta… y haga el favor de seguir buscando la cena antes que lo suba yo de una patada en el culo. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR sube las escaleras cabeza gacha) 
LOBIS EL MARINERO: No se ponga mal capitán, seguro que encontraremos a los americanos. 
CAPITAN: Se equivoca Lobis, nosotros los encontraremos primeros a ellos y en menos de lo que se come un dorado. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja rápidamente agitado y gritando) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Señor, señor… se observa  en la superficie que hay una figura rectangular en la que estamos ingresando. 
CAPITAN: Súbanos a la superficie Lobis, rápido, debe ser una base de los americanos. 
(Se oyen golpes) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Nos están atacando capitán. 
CAPITAN: Es verdad, son ellos… rápido preparen la máquina de foto para ver en que sitio se encuentran. 
(LOBIS EL MARINERO baja el telescopio y observa por el mismo, mientras que JUSTINIANO EL PESCADOR baja una máquina antiquísima de fotos con tres patas) 
LOBIS EL MARINERO: Señor, estos son piletones. 
CAPITAN: Seguro que lo son… aquí desembarcan los submarinos invasores seguramente. 
LOBIS EL MARINERO: Señor son piletones de mierda, y los que nos atacan son niños, nos están cagando a piedrazos. 
CAPITAN: No puede ser. 
LOBIS EL MARINERO: (Mientras sigue mirando por el telescopio) Señor aquí hay un cartel que dice: Cloacas Cooperativa de Rosario. 
CAPITAN: ¿Está seguro? 
LOBIS EL MARINERO: Se lo juro por lo que más quiera…  
CAPITAN: Sumerjámonos otra vez Lobis, seguro que es una base militar nada más que la disimulan para despistarnos… mejor retirarnos y atacar en el momento debido. 
LOBIS EL MARINERO: Si señor. 
CAPITAN: Estoy seguro que nos han visto. 
LOBIS EL MARINERO: (manejando audazmente el control remoto) No se preocupe señor ya estamos abajo, en el fondo otra vez como siempre. 
CAPITAN: (Mirando por los ventanales) Ellos están agazapados con sus portaviones nuclear, en algún momento van a dar la señal de ataque, acuérdese de lo que le digo Lobis. 
 (JUSTINIANO EL PESCADOR baja corriendo las escaleras otra vez a los gritos) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: ¡Señor! ¡señor! hay un líquido azul y amarillo bastante sospechoso. 
CAPITAN: Ahí tiene la prueba Lobis, seguramente nos echan alguna sustancia tóxica, química, para hacernos más visibles en el blanco. 
(LOBIS EL MARINERO se acerca a una de las ventanas) 
LOBIS EL MARINERO: Señor, aquí hay un caño que pierde ese líquido…  (abriendo un viejo mapa) y según el mapa y las coordenadas, estaríamos debajo de Botnia, le diría que a simple vista podría ser Fenol, aunque no estoy muy seguro. 
CAPITAN: Muy interesante su hallazgo Lobis, hágase químico también, licenciado en toxicología… vamos, ponga en marcha este submarino y deje de hacerse el Einstein con nosotros. 
LOBIS EL MARINERO: Si señor. (Manipula el control remoto en exageradas posiciones)  
CAPITAN: Hablar del Imperialismo resulta sencillo para la IV Flota Lobis, los terroristas también podríamos ser nosotros, cualquiera sea el pretexto para nadar en aguas que no son las suyas  y que son ajenas ¿se da cuenta? 
LOBIS EL MARINERO: Políticas progresistas señor. 
CAPITAN: Las de Estados Unidos Lobis, las nuestras no lo sé. 
LOBIS EL MARINERO: Señor ¿a qué hora vamos a cenar? 
CAPITAN: (Observa por la ventana) Mire Lobis, buzos… cantidad de ellos, seguro que son los terroristas, seguro que son la tropa Americana. 
LOBIS EL MARINERO: Señor… tengo que contradecirlo. 
CAPITAN: (Se lo queda mirando, luego) No diga  nada, ya lo sé. 
LOBIS EL MARINERO: Lo siento señor. 
CAPITAN: No lo siente un carajo, usted disfruta de sus aciertos… (pausa breve) Ahora dígame si son buzos o no. 
LOBIS EL MARINERO: No señor… es un cardumen de moncholos. 
(De pronto se escucha el fax, sale un papel, el CAPITAN lo lee atentamente unos segundos) 
CAPITAN: Estamos en la lona Lobis. 
LOBIS EL MARINERO: ¿Qué ocurre Capitán? 
CAPITAN: Se nos acabó el tiempo… el gobierno quiere que al menos justifiquemos los costos del submarino con alguna prueba de que la IV Flota se halle navegando en estas aguas del Paraná.  
LOBIS EL MARINERO: No tenemos prueba alguna señor. 
CAPITAN: Entonces hay que inventarla… (piensa, luego) ya lo sé. Justiniano venga rápido a mí escritorio. 
(Baja las escaleras muy agitado JUSTINIANO EL PESCADOR) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Diga señor. 
CAPITAN: Preste atención, usted dibuja bien ¿verdad? 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor. 
CAPITAN: Bueno, entonces tomara una botella vieja, y le pondrá un stiquer que diga: USA.  
JUSTINIANO EL PESCADOR: (Que no entendió) ¿USA… USA de usar? 
CAPITAN: No… USA de Estados Unidos, idiota ¿de qué estamos hablando? Quiero que lo imprima con la impresora y debe parecer lo más real posible ¿entendió? 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor… (Sube las escaleras rápidamente) 
CAPITAN: Si vamos a salir por la televisión pública, mejor hacerlo en la mejor forma posible. 
(Baja JUSTINIANO EL PESCADOR con la botella que se la entrega al CAPITAN) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Listo señor. 
CAPITAN: (Tomando la botella) Usa no es con ¨z¨ animal, es con ¨s¨, deje que lo voy a escribir yo nomas. 
LOBIS EL MARINERO: Pero debería decir algo más señor, me parece. 
CAPITAN: ¿Cómo qué?  
LOBIS EL MARINERO: No lo sé, a lo mejor alguna referencia que indique que es una botella del ejército Norteamericano, digo. 
CAPITAN: Usted tiene razón Lobis, rápido, pensemos en una frase, traiga el diccionario Lobis. 
LOBIS EL MARINERO: Si señor… (Le alcanza el diccionario al CAPITAN) aquí tiene. 
CAPITAN: (Abre el diccionario, luego lo cierra bruscamente) Busque mejor usted Justiniano, no soporto la letra chiquita de los libros. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Si señor… bueno… podría ser… digo, me parece… (luego de una pausa) ¨United states Made… Made… (se lo ocurre de pronto)  Made in Paraná¨. 
CAPITAN: ¿Qué significa eso? 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Estados Unidos Made in Paraná. 
CAPITAN: Eso no se lo cree ni una criatura, mejor deme el diccionario que lo busco yo… (quitándole el diccionario violentamente) A ver que encontramos… se me ocurre. (arrogante y grotesco) ¨Official bottle the fourth American Fleet¨ 
LOBIS EL MARINERO: ¿Y eso que significa? 
CAPITAN: (Rostro de sabiduría) Botella oficial de la IV Flota de los Estados Unidos. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Esa me parece una excelente frase señor. 
CAPITAN: Lo sé, Justiniano, lo sé. Lobis encienda el satélite, y traiga la video cámara, es hora que la Argentina sepa que en estas aguas, hay tres valientes hombres en un submarino animal sprint, al rescate de la patria y de todo un país. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR trae una filmadora y la asienta sobre una silla, mientras que LOBIS EL MARINERO le entrega un mini satélite a JUSTINIANO EL PESCADOR, luego corre y se coloca a un lado muy sonriente del CAPITAN) 
CAPITAN: Argentinas y Argentinos, hemos hallado en las aguas turbias del Paraná, esta botella oficial de la IV Flota de los Estados Unidos, la hemos encontrado a la deriva, todo esto indicaría que pertenece a los invasores Norteamericanos. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR apoya el satélite en el suelo y corre a colocarse con la tripulación de manera muy sonriente, luego saca de su bolsillo una banderita Argentina de plástico muy arrugada y la empieza agitar) 
LOBIS EL MARINERO: Un saludo para mi novia. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Un saludo para todos los que me conocen. 
CAPITAN: De esta forma, la flota enviada por el gobierno Argentino, ha cumplido su misión en retornar de su búsqueda más peligrosa. Muchas gracias. Apague la cámara Lobis. 
LOBIS EL MARINERO: Si señor (apaga la cámara). 
JUSTINIANO EL PESCADOR: (sonriente mirando el cielo)  Me siento en el Apolo XI, y somos tres… como Aldrin, Armostrong, y Collins. A este submarino también le deberíamos poner un nombre, señor. 
LOBIS EL MARINERO: Siento arruinar su momento sagrado Justiniano, pero la diferencia es que ellos andaban en el universo y nosotros en este rio repleto de mierda ¿Por qué no sube a contar las algas del río también? 
CAPITAN: (Mira melancólico por una de las tres ventanitas)  Se acabó, debemos regresar. 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Al menos vamos a poder comer el surubí señor. 
CAPITAN: Cómaselo usted mejor. 
LOBIS EL MARINERO: Señor… no se ponga mal. 
CAPITAN: He perdido todas las esperanzas que tenía, Lobis… soy un fracasado. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja rápidamente agitado y gritando) 
JUSTINIANO EL PESCADOR: Señor, señor, hay alguien que está intentando entrar al submarino, está golpeando la puerta exterior, voy por la cámara de fotos. 
CAPITAN: Sabia que algo tramaban, nos querían despistar y usted Lobis que pensaba que no daríamos con ellos, ahí tiene la prueba de mi insistencia. 
LOBIS EL MARINERO: No señor, hace años navego estos ríos y los conozco como si fueran la palma de mi mano. 
CAPITAN: Mejor ¡cállese la boca! (mirando por la ventana) y observe que nos han llevado hacia la costa, seguro que allí nos aguardan escondidos entre esos camalotes, entre esos juncos… mire como nos rodean, deprisa, dígale a Justiniano que baje y traiga los salvavidas. 
(JUSTINIANO EL PESCADOR baja con tres salvavidas infantiles con cabeza de animalitos y estridentes colores flúor. Los tres se los colocan) 
LOBIS EL MARINERO: (Observando por la ventana) Señor… no quiero volver a contradecirlo, pero es una tortuga de cuello alargado la que golpea la puerta con su caparazón, pero eso no es todo, lo peor es que hemos encallado en un estero y los que nos rodean, no son militares de la IV Flota, son una veintena de caimanes. 
CAPITAN: ¿Eso significaría que estamos rodeados? 
LOBIS EL MARINERO: Afirmativo señor. 
CAPITAN: ¡Llévenos Lobis! ¡sáquenos de aquí! ¡llévenos al fondo por favor! 
LOBIS EL MARINERO: Estamos en el fondo señor… siempre… hemos estado en el fondo. 
(Las luces descienden suavemente mientras los tres sujetos se miran entre si con los salvavidas de colores en sus cuellos). 
 

TELON FINAL  
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